La mierda cantante y danzante del mundo

Estaba viendo difícil participar en la iniciativa IWBTH cuando he recordado esta película.

 En 1999 un acontecimiento cinematográfico cambió el mundo tal como lo conocíamos. Se estrenó El club de la lucha, la única película de Brad Pitt que los heteros reconocen que les gusta. Una generación entera ha crecido con esta película como referencia.

El comienzo ya deja claro que va a ser una película que dejará huella pues los títulos de crédito y la potente música sirvieron de algo más que de inspiración a X-Men.

Además, una película que critica a Ikea no puede ser mala ¿no?

O, quizá sí.

Aviso,  Spoilers a carretadas.

La película empieza con uno de los hombres más mediocres, aburridos y poco interesantes que uno pueda encontrarse, un Edward Norton con insomnio que no para de hablar en ningún momento. Afortunadamente, el director, para hacer el asunto más entretenido pone imágenes subliminales de Brad Pitt para alegrar la vista o dar variedad, de forma inconsciente para el espectador, y soporte un poco mejor el tedioso e incesante monólogo. No funciona.

Primera aparición de Tyler Durden, como imagen subliminal

Al prota ya desde el principio se ve que lo de dormir mal le afecta un poquito, pues descubre que lo que le mola es ir por la noche a terapia de enfermos con enfermedades mortales.

El otro prota de la peli, Tyler Durden (Brad Pitt) aparece cuando nuestro corriente, solitario, aburrido y alienado protagonista, por supuesto sin nombre, pues parece que es el avatar de todos los corrientes,  solitarios, aburridos y alienados del mundo,  ya está en la fase de querer que su avión se estrelle en el aire y yo como público estoy de acuerdo.

Tyler Durden es guay. Tiene una pinta cool, dice cosas cool que aún remarcan más la mediocridad del narrador. Es todo lo que querría ser nuestro hombre sin nombre.

Así,  aunque presenta a Durden como fabricante de jabón, luego cuenta su historia como proyeccionista que mete imagenes subliminales en las cintas que exhibe el cine, como camarero que sabotea con sus fluidos los platos en un hotel de lujo y por supuesto, necesita que le peguen y pegar.

Y  pensar que esto se hubiera resuelto con una partida al Wolfenstein para soltar adrenalina.

La película es una clara metáfora de que la vida sin videojuegos trastorna irremediablemente a las personas. Puede que no sea la intención del director, pero es un hecho que no hay ni un juego y el narrador va cada vez más desquiciado.

Como no hay videojuegos, se montan un club en el que pelear y las peleas son cuidadosamente desagradables para que quede claro que se pelea pero no por placer sino por una necesidad visceral que tiene “toda una generación de hombres criados por mujeres”. Habría que añadir que son tontos del culo, pero bueno. Y no es pretencioso ni nada.

Es curioso ver como Tyler Durden (Brad Pitt) se burla de los cuerpos de los anuncios de Calvin Klein. Supongo que es una metáfora muy irónica y muy profunda de como el protagonista reniega pero a la vez recrea en su fantasía esos anuncios.

Sonríe

A partir de aquí empieza la parte más absurda y divertida, con gente que ve a través del sonado de Jack, el narrador, el brillo de Tyler y deciden seguirle. No parece muy lógico ni tiene mucho sentido pero así son las sectas y estos, además, reciben tremendas palizas todos los días, y que el cerebro golpee contra las paredes del cráneo todas las noches no es lo mejor para el pensamiento lógico. Así, trasciende el club y se pasa al proyecto Mayhem que parece que es hacer el gamberro y un poco de vandalismo bastante divertido, la verdad. No tendrá sentido, pero ver volar una tienda de Apple o quemar dos pisos para poder hacer los ojitos de un smiley en la fachada de un edificio queda bastante gracioso. Aunque la dimensión que adquirirá no tiene nada que ver.

Conforme avanza, cada vez hay más Tyler y menos Jack hasta que, después de casi dos horas de película, se produce la gran revelación: Tyler y Jack son el mismo narrador. Vale, se revelan las pistas en el minuto seis y toda le película lo grita pero hasta entonces, cuando este espectador está empezando a plantearse que hacer para la cena o cualquier otro pensamiento elevado, llegamos al que debería de ser un punto de ruptura.

Sutil flashback para que entendamos bien la peli

Lo habitual es que en estos casos se le revelen al espectador las hábiles pistas que se han dejado, muchas veces a modo de vomitivo flashback que parece una declaración que o bien significa que considera al público idiota y no va a ser capaz de entenderlo sin el adecuado subrayado, o sabe que la película es mala y el público puede haberse dormido. Y la película no decepciona. Coge un rotulador rojo bien gordo y te subraya que son la misma persona. Primero el camarero, luego la estomagante Marla (Helena Bonham Carter) y luego el propio Tyler acompañado de flashbacks.

Un día de furia. Misma idea, mucho mejor contada y siete años antes.

A partir de aquí ya es un deslizarse hasta el final con el narrador pegándose palizas a sí mismo y decidido a volar todas las estructuras opresoras y al tiempo decidido a detenerse a sí mismo y yo flipando que se tiren dos horas y veinte minutos para hacer este remake pomposo y pretencioso de Un día de furia.

El final, como no podía ser de otra manera, incluye una polla como imagen subliminal.

La película es pretenciosa como pocas, decide tomar la vida de un hombre y como una esquizofrenia galopante le permite ser un terrorista que ni Bin Laden y que, a pesar de su bipolaridad y lo absurdo de su forma de actuar, no solo no le cuestionen porque dice una cosa y la contraria sino que le sigan hasta estar dispuestos a matar a centenares de personas y hundir la sociedad bajo la poderosa frase de que son la mierda cantante y danzante del mundo. Por supuesto, no intenta ser creíble sino que es una fábula sobre lo absurdo y terrible de la sociedad y por dónde salir. Lástima que optar por la ampulosidad, la desmesura, la contradicción y el excesivo metraje vaya en contra del mensaje que se pilla a la media hora de película.

Absurdo y contradictorio final feliz: consigue lo que quiere y acaba con la chica, pero nos lleva a pensar si es mejor que lo que tenía.

Pesada, larga, absurda y vacua, puede que no sea la peor película que he visto, pero la más sobrevalorada de la historia, posiblemente.

Por supuesto, tiene cosas buenas, como la fotografía, Edward Norton y algunas secuencias divertidas.

Pero en general terminé con una sensación de que, si el objetivo es dar un mensaje, el que llega es que son muchos fuegos artificiales para lo que contiene.  Se puede decir mucho más, sin duda, pero no lo merece.

Saludos fremen.

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