
Desde su surgimiento hasta la actualidad los videojuegos han experimentado una evolución importante en todos sus aspectos. Principalmente debido a que la industria ha madurado en elementos como contar historias mucho más profundas, pero también porque cada vez los avances tecnológicos hacen que muchas ideas puedan ser materializadas en el plano jugable. Dentro de esto, podemos notar una evolución interesante en elementos como la inteligencia artificial, que ha dado lugar, a que varios personajes se vuelvan mucho más creíbles en su comportamiento, aunque cabe aclarar que en muchas ocasiones esto no se logra sin tener que recurrir a los scripts.
De manera paralela, hemos notado como los videojuegos han estado asociados de una u otra manera al juego en multijugador, ya sea bajo una modalidad competitiva o cooperativa, jugando dos personas en una recreativa o utilizando dos mandos para apostarnos en un mismo sofá y jugar durante tardes y tardes, por lo menos hasta la llegada del juego en línea, donde esta situación paulatinamente se iría alejando de lo presencial.
En esta coyuntura podemos notar como los multijugadores en línea se han masificado de manera importante, contando la mayoría de los juegos con alguna característica online que nos invita a interactuar con otros jugadores.
Esto llama la atención en una sociedad que tiende a ser cada vez más individualizante, con un sistema laboral y un ritmo de vida basados en la competitividad y en horarios extenuantes que no dan demasiado tiempo para relacionarse socialmente.
Por ello cobra sentido la predominancia del juego online para conectarse a la distancia tanto con conocidos como con desconocidos, pero más impresionante resulta que muchos juegos singleplayer hayan añadido un elemento relevante dentro de su jugabilidad: el relacionarse continuamente con otro personaje.












