Si hay algo que siempre me ha preocupado ha sido el tratamiento del cine a la mujer. Como todos bien sabéis, la historia del cine y la mujer no ha sido tan de color de rosa y glamurosa como cabría pensarse. Teniendo muy poca representatividad protagónica, o en su defecto reduciendo su personaje a una caracterización plana e insípida carente de motivaciones más allá de conseguir un chico. Siendo los personajes complejos y profundos la excepción más que la regla. Y esto en 2016 sigue ocurriendo le pese a quien le pese.
Pero esto no va a ser el enésimo post reivindicativo sobre darle mayor presencia a la mujer que tanto estáis hartados de ver en revistas de clickbait rastrero y polémica fácil como Vice y demás basura que se hace llamar periodismo. Sino todo lo contrario, una reflexión sobre los peligros que puede causar esta tendencia. El daño que puede llegar a hacer a la caracterización de personajes la sobreconcienciación discriminatória. Algo que está concebido con las mejores intenciones, pero que acaba haciendo más mal que bien. Una tendencia absurda en la que se antepone el pensar en la corrección política antes que en el bien y la calidad de la película. Sin duda es un asunto delicado y complejo, pero no quiero que me malinterpretéis, así que iré directo al grano.
















