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| Si pensabais que iba a dejar escapar esta oportunidad para hablar de otro cómic de Transformers, estabais MUY EQUIVOCADITOS |
Decía Reverte que como somos incapaces de interpretar las escalas de grises, lo mejor sería tener un mundo en blanco y negro, de completos absolutos y opuestos sin lugar para la neutralidad. Unos lo llamarían equidistancia y se ciscarían en todos aquellos que la usarían, pero la verdad es que no puedo negarle la razón al escritor cartagenero (o cartaginés, me gusta más este último adjetivo). Y si en el mundo real necesitamos los grises, más aún en el ficticio. Basta ya de villanos absolutos, basta ya de héroes perfectos, se nos hace imprescindible esa grisalla. Que ojo, como todo en esta vida, no hay que abusar, y saber usarlo con gracia. Tal es el caso de los cómics de Transformers, que, de unos años atrás hasta el fin de Lost Light, ofrecieron una variedad de personajes y grises tan atractiva que no podías sino llevarte las manos a la cabeza y decirte "Cómo coños no hicieron esto desde el principio". Pero ni MTMTE ni Lost Light fueron las pioneras, no, fue una serie de cinco números del año 2010, que, tomando el testigo de la genial serie El origen de Megatron (posiblemente descatalogada hoy en día) ponía patas arriba a los Autobots, demostraba sus trapos sucios y además fue el cómic donde conocí el que es mi villano número uno.
Transformers, Last Stand of The Wreckers.




















